English French German Spain Italian Dutch Russian Portuguese Japanese Korean Arabic Chinese Simplified

martes, 11 de julio de 2017

MÁXIMA TENSIÓN INTERNA EN LA FSSPX

Tensión máxima en los sacerdotes de la FSSPX: el fondo del asunto de los matrimonios.

El asunto de los matrimonios en el seno de la FSSPX es reveladora de una problemática mucho más profunda: la divergencia cada vez mayor entre la cabeza y el cuerpo de la FSSPX. En cuestión, un cambio de actitud de la Casa General de la FSSPX, que una gran parte de su base no tiene intención de asumir. El asunto de los matrimonios ha encontrado allí su primera aplicación efectiva, de allí la oposición masiva que encontró por parte de los decanos y de la totalidad de los superiores de las comunidades religiosas tradicionales.
La tensión, por lo tanto, es fuerte en la FSSPX. Mientras la Casa General, adjudicándose un derecho que parece no tener [1], impone la delegación del Ordinario para todos los matrimonios, la mayoría de los sacerdotes se opone y se niega a pedir tal delegación. Ante este rechazo masivo, la Casa General impuso que los distritos pasen por arriba de sus sacerdotes. En Francia, es el P. André el que a partir de ahora está encargado de hacer la petición de delegación para cada uno de los matrimonios a celebrar.
Volvemos a lo que está en juego en la celebración del matrimonio
Esta “imposición por la fuerza” oculta la verdadera problemática planteada por esta petición de delegación al Ordinario, mientras que la crisis de la Iglesia va creciendo. Uno de los sacerdotes lo explicó muy bien en una carta dirigida a sus fieles, con el fin de explicar por qué no podía en conciencia obedecer la orden de sus superiores.
“En nuestros días, el asalto principal del infierno contra la pobre humanidad es sobre el matrimonio. Nadie puede ignorar este ataque pues la familia es la célula de base de la sociedad. Todos tienen el deber de defender la unión matrimonial en su naturaleza, su fin y sus propiedades. Además los bautizados que confiesan el carácter sacramental del matrimonio cristiano, deben proteger la profesión de fe que comporta todo consentimiento matrimonial. Los futuros esposos que serán los ministros de este sacramento (un sacerdote no “casa”) no tienen el derecho de celebrarlo de una manera equívoca. Los sacerdotes tienen el deber de recordarles eso y de ayudarlos a protegerse de las astucias del clero modernista.
El 4 de abril de 2017, el cardenal Müller dio a conocer la autorización otorgada por el Santo Padre a los obispos de todo el mundo de delegar un sacerdote diocesano para bendecir el matrimonio de los fieles de la Fraternidad, o, en caso de imposibilidad, de conceder a los sacerdotes de la Fraternidad las facultades necesarias. Entonces fue anunciado que esta decisión del Santo Padre iba a cambiar nuestra práctica actual. Ustedes saben que esta práctica consiste en incitar a los fieles a aprovechar las disposiciones del canon 1098. Éste permite casarse sin recurrir al clero conciliar en razón del grave peligro para la fe que eso comporta. De ahora en adelante habrá que recurrir a los obispos y actuar en función de sus respuestas. Algunos sacerdotes proponen una cooperación mínima a esta nueva práctica contentándose con informarse cerca de los obispos (sin hablar de ello a los fieles…) de lo que piensan hacer en la línea o en el marco de la carta del cardenal Müller.
Pues es allí que se plantea un verdadero problema de conciencia. ¿Está permitido alinearse o entrar en ese marco? Es suficiente contemplar las diferentes respuestas posibles -respuestas que habremos provocado nosotros mismos- para darse cuenta de la inmensa dificultad.
La posibilidad de hacer intervenir por principio un sacerdote modernista durante una ceremonia de matrimonio es ciertamente imposible. Yo no pienso extenderme en este punto.
Ahora, si el obispo quiere enviar a un sacerdote de su diócesis (o venir él mismo), ¿cómo reprochar el hacer exactamente lo que el papa lo invita a hacer? ¿Cómo podemos agradecer profundamente al papa por su decisión, escribir al obispo en el marco de esta decisión, y luego rechazar la respuesta positiva del obispo? ¿Cómo podemos alabar una decisión y ver un “grave inconveniente” cuando ésta es aplicada? Por otro lado, es imposible recurrir a falsos argumentos, como por ejemplo decir que es la pareja la que rechaza esta presencia de un sacerdote conciliar, o que es la perplejidad que engendraría en nuestros fieles lo que nos obligarían a rechazar la proposición del obispo. El pastor debe preceder al rebaño. Los sacerdotes de la Fraternidad no se esconden detrás de la perplejidad de los fieles, sino que la iluminan.
Si el obispo rechaza toda delegación, ¿cómo podemos decir entonces que el recurso al canon 1098 se vería reforzado mientras que el grave inconveniente sería rebajado a una cuestión personal? Ya no son los futuros esposos los que se negarían a recurrir a una autoridad peligrosa para la fe, sino que es tal obispo que le niega a tal sacerdote en tal lugar y en tal momento una delegación que éste se creyó obligado de pedir. La lógica de este planteamiento no permite ni siquiera ver allí una injusticia, que por otra parte nunca ha sido el problema fundamental.
Finalmente, si el obispo da la delegación sin ninguna condición pero siempre en el marco de la carta del cardenal Müller, ¿cómo proclamarlo gozosamente sin provocar “escrúpulos de conciencia de algunos fieles unidos a la FSSPX” y sin perjuicio en contra de todos los otros matrimonios que han sido o serán celebrados en nuestras capillas? Al entrar en las disposiciones pontificales, se admitiría que serían celebrados, con nosotros, dos clases de matrimonio y se establecería entre ellos una jerarquía injusta. En lugar de honrar a los fieles valientes que han recurrido al ministerio de los sacerdotes de la Tradición, se los verá, sea con compasión porque ellos no tuvieron la dicha de encontrar un obispo complaciente, sea con hostilidad porque ellos no quisieron entrar en las disposiciones explícitamente establecidas para alcanzar una ilusoria “plena comunión”. 
Finalmente, este sello conciliar que debe “asegurar” los matrimonios de nuestros fieles ¿no es una invitación a volverse hacia las oficialidades diocesanas que pronuncias por millares verdaderos “divorcios católicos” en nombre del código de 1983, revisado de manera aún más laxista por Francisco? Los pobres esposos que están dispuestos a poner su fe en peligro, a violar sus compromisos matrimoniales y a entregarse al adulterio, desgraciadamente siempre encontrarán un sacerdote para bendecirlos, incluso en el rito tradicional. ¿Es justo entonces debilitar las convicciones de todos los fieles a fin de “volver menos fácil la traición de algunos?” [2]
El cambio de actitud de la Casa General
Nosotros decíamos que esta fuerte tensión se deriva de un cambio de actitud de las más altas autoridades de la FSSPX frente a la crisis que atraviesa la Iglesia. Vemos de su parte un triple reposicionamiento:
-Relativización de la nocividad del concilio Vaticano II
-Silencio sobre los errores y escándalos de la iglesia conciliar
-Relativización del estado de necesidad.
1. La relativización de la nocividad del concilio Vaticano II
Esta relativización, en curso desde hace algunos años, no es enunciada claramente sino que es insinuada, destilada a través de discursos, entrevistas o cartas.
“La libertad religiosa es utilizada de muchas maneras, y viendo de cerca yo realmente tengo la impresión que no muchos conocen lo que el Concilio dijo al respecto. El Concilio presenta una libertad religiosa de hecho muy, muy limitada. Muy limitada”. (Entrevista a “Catholic News Services”, 11 de Mayo de 2012, min. 1:28 a 1:44)
“En la Fraternidad se está haciendo de los errores del Concilio unas súperherejías, eso se vuelve como el mal absoluto, peor que todo, de la misma manera que los liberales han dogmatizado ese concilio pastoral. Los males ya son lo suficientemente dramáticos para exagerarlos más”. (Carta respuesta a los 3 Obispos, 14 de Abril de 2012).
Los ejemplos podrían multiplicarse. Lo que se ve en ello es que en estos momentos de irenismo, el concilio sólo es visto en su materialidad, independientemente de su espíritu liberal omnipresente y peligrosísimo, ya que el liberalismo, con su sucedáneo que es el modernismo, son la cloaca de todas las herejías. Estas intervenciones por parte de los superiores no suceden sin crear tensiones en el seno de la FSSPX. Visto que el combate liberal está inscrito en los mismos genes de la obra de Mons. Lefebvre, aparecen entonces los “sacerdotes OGM” [Organismos Genéticamente modificados, nota de NP] frente a los “sacerdotes BIO” [sin contaminación genética, nota de NP].
2. El silencio sobre los errores y escándalos de la iglesia conciliar
Es desde el 2011 que pueden ser observados silencios cuasi sistemáticos cuando debían ser denunciados los actos escandalosos (que llevan al pecado) planteados por el mismo papa, al parecer convertido en intocable. Esto se observa en la comunicación oficial de la FSSPX durante la reunión interreligiosa de 2011 en Asís, durante la canonización de Juan Pablo II (2014), antes, durante y después del Sínodo de la familia. Esto es verdad también durante la instauración de un “divorcio católico” o la reforma de los procedimientos de nulidad de matrimonio, en el caso de Amoris Laetitia o de la rehabilitación de Lutero. Tampoco una palabra sobre la recepción solemne de su estatua en el Vaticano el pasado 13 de octubre, mientras que ese día, también en el Vaticano, “se” negociaba en la sala de al lado una eventual prelatura para la FSSPX; “se” quijoteó con un comunicado a este respecto, sin hacer alusión alguna al terrible escándalo por el que fue manchado este día de aniversario de las apariciones de Fátima.
Este silencio tiene su importancia. En abril de 2011 se beatificó al papa Juan Pablo II. La FSSPX hizo aparecer poco antes sus dubia relativas a esta beatificación, publicación que hubiera precipitado la terminación de las discusiones doctrinales entonces en curso entre la Santa Sede y la FSSPX. No se puede continuar disparando sobre aquél con quien se negocia, hay que escoger. Entonces la FSSPX escogió en el curso de este año 2011, cuando relanzó el proceso de negociación en septiembre, con miras a un acuerdo puramente práctico. Este silencio es por lo tanto un prerequisito a todo acuerdo. Un prerequisito: no una concesión para el futuro, a partir del día que la reconciliación sea un hecho, sino un prerequisito para vivir hoy, y de hecho vivido desde septiembre de 2011. Este prerrequisito no se dice, pero está en vigor desde hace años. Y es mucho más peligroso que no esté por escrito, pero condiciona toda una actitud, que el tiempo no ha dejado de hacer cada vez más ambigua.
Encontramos allí una de las causas profundas de las tensiones existentes en el seno de la FSSPX. Pues si las autoridades de la FSSPX quisieron hacer pasar este cambio de actitud por una simple modernización de su comunicación para volverla más positiva y más atractiva (el famoso “branding”), muchos sacerdotes de esta sociedad no han sido engañados. Muchos sienten incluso el deber de gritar tan fuerte para que se callen sus superiores, y hemos asistido así a una verdadera guerra de comunicación, oponiendo a aquellos que anteriormente estaban unidos en un mismo combate.
3. La relativización del estado de necesidad
De manera consecuente a estos primeros puntos de tensión, un tercero aparece hoy abiertamente con el asunto de los matrimonios. Éste consiste en relativizar el estado de necesidad en el cual nos encontramos hoy en día, dicho de otro modo, a relativizar la cuasi universalidad de la crisis que atraviesa la Iglesia. Desde hace ya años, la comunicación oficial de la Casa General le gusta hacer hincapié en cómo se multiplican los prelados, obispos y cardenales que supuestamente se apegan cada vez más a la Tradición auténtica de la Iglesia, hecho verdaderamente nuevo a sus ojos; como si Mons. Lefebvre no hubiera conocido a los cardenales Oddi, Stickler, u otros…
Pero con el asunto de los matrimonios, esta relativización del estado de necesidad es por primera vez asumida abiertamente como tal. Cierto que su existencia es recordada por los “comentarios autorizados” y las “aclaraciones” sucesivas publicadas por la Casa General, pero con un límite del cual importa tomar conciencia. Por principio, ya no es presentada como una crisis general de la fe tocando a la cuasi universalidad de los obispos (¿cómo recurrir entonces a ellos de manera habitual?) sino solamente en razón de las carencias relativas al matrimonio, que es lo único que importa preservar en el presente caso.
Además, cuando jamás la actitud del papa ha sido tan escandalosa, la comunicación oficial de la FSSPX afirma por su parte que el caso de necesidad disminuye hoy en día. Esto es en efecto lo que leemos bajo la pluma del P. Knittel, en la revista oficial de la Casa General “Nouvelles de Chrétienté”:
“Este estado de necesidad ha comenzado a dar marcha atrás con el Motu Proprio del 7 de julio de 2007, donde Benedicto XVI reconoció que la misa tradicional jamás ha sido abrogada. Las decisiones del papa Francisco relativas al apostolado de la FSSPX acentúan este movimiento”.
Desde un punto de vista práctico, tal discurso condiciona el estado de necesidad a la obtención o no de ventajas personales concretas, dicho de otro modo, a subjetivarlo, y esto independientemente de la situación objetiva cada vez más grave, la cual es olvidada. De allí que hay una nueva tensión entre los sacerdotes de la FSSPX, y los decanos que recuerdan por su parte la verdadera naturaleza de este estado de necesidad:
Como ustedes saben, desgraciadamente no existe duda alguna sobre la situación extraordinariamente dramática que atraviesa la Iglesia [3]. Ésta sufre todavía hoy y ahora en mayor intensidad, lo que Mons. Lefebvre llamaba “el golpe maestro de Satanás”: “Difundir los principios revolucionaros por la misma autoridad de la Iglesia [4]”. Vemos en efecto a las autoridades de la Iglesia, desde la sede de Pedro hasta el párroco, atentar directamente contra la fe católica mediante un humanismo corrompido que, llevando al pináculo el culto de la conciencia, destrona a Nuestro Señor Jesucristo. Así, la realeza de Cristo sobre las sociedades humanas es simplemente ignorada o combatida, y la Iglesia está tomada por este espíritu liberal que se manifiesta especialmente en la libertad religiosa, el ecumenismo y la colegialidad. A través de este espíritu, es la misma naturaleza de la Redención realizada por Cristo la que es cuestionada, es la Iglesia católica, única arca de salvación, que es negada en los hechos. La misma moral católica, ya estremecida en sus fundamentos, es derribada por el papa Francisco, por ejemplo cuando abre explícitamente el camino a la comunión de los divorciados vueltos a “casar” que hacen vida marital”.
Esta actitud dramática de las autoridades eclesiales conlleva sin duda alguna un estado de necesidad para el fiel. En efecto, hay no solamente un grave inconveniente sino un peligro real al poner su salvación entre las manos de pastores imbuidos de este espíritu “adúltero [5]” […] Para aquellos que sostienen que tal práctica sería ahora inválida debido a que las autoridades eclesiásticas ofrecen una posible delegación por parte del Ordinario, contestamos que el estado de necesidad que justifica nuestro actuar es más dogmático que canónico y que la imposibilidad de recurrir a las autoridades existentes no es física sino moral”.
Comprendemos entonces el último y supremo punto de tensión entre los sacerdotes de la FSSPX: unos, teniendo en cuenta la situación cada vez más grave que atraviesa la cuasi universalidad de la Iglesia, se protegen con cada vez más prudencia. Los otros, porque el peligro va disminuyendo a sus ojos, no aspiran más que a una regularización total de su situación y a un reconocimiento canónico. Llevada al extremo, esta tensión ha llevado y llevará sin duda a todavía más salidas de sacerdotes, sea hacia la resistencia, el sedevacantismo o con los conciliares.
Conclusión
La distancia recorrida por las autoridades de la FSSPX en algunos años se vuelve manifiesta si escuchamos el sermón dado por Mons. Fellay el 4 de agosto de 2009 en San Nicolás de Chardonnet:
Estimados hermanos, no se asombren si la Fraternidad prácticamente no se mueve cuando vengan las invitaciones de Roma a una nueva reconciliación después de la aparición de este motu proprio. Pues esto tomará tiempo. Es todo un estado de espíritu en la Iglesia que es necesario cambiar, y más que un estado de espíritu, son los principios. Es necesario que la autoridad en la Iglesia reconozca estos principios mortíferos que paralizan la Iglesia desde hace cuarenta años. Mientras esto no se haga, es bastante difícil pensar en un acuerdo práctico. ¿Y por qué? Porque cuando son estos principios los que rigen la vida de la Iglesia, cuando haya el mínimo diferendo, será arreglado en nombre de estos principios malos. Esto quiere decir que un acuerdo práctico en estas circunstancias está perdido por anticipado. Es cuestionar todo este combate que celebramos nosotros hoy, sería una contradicción verdaderamente total con lo que hemos dicho hasta ahora. No es eso lo que nosotros queremos, evidentemente queremos un estado normal de las cosas, pero eso no depende de nosotros. Si nos encontramos en esta situación no es porque lo hayamos querido. De nuevo, es por necesidad. Y esta necesidad continúa”.
Fuerza es de constatar que los principios malos denunciados así por Mons. Fellay en 2009 no han cambiado en Roma, y que su aplicación se hace cada vez más mala bajo el gobierno del papa Francisco. Pero también hay que constatar que si Roma no ha cambiado, Menzingen ha realizado su revolución. Pero no todos sus sacerdotes, de allí las tensiones presentes.
En esta tormenta que atraviesa la FSSPX, el momento decisivo vendrá sin duda en el capítulo general de esta sociedad religiosa, previsto en sus estatutos para julio de 2018. En primer lugar deberá pronunciarse sobre este triple reposicionamiento de las autoridades de la FSSPX para validarlos o revocarlos. De allí saldrá la continuación o la implosión de la FSSPX.
Christian Lassale
________________________
[1] – Cf. artículo "El asunto de los matrimonios, ¿de qué se trata?” en MPI.
[2] – Cf. Artículo del P. Camper : « Exceptionnel »
[3] Incluso cuando hay duda en cuanto a la existencia de esta situación excepcional que autoriza el uso de la forma extraordinaria del matrimonio, hay que subrayar que, en virtud de la ley, la iglesia supliría la falta de jurisdicción ( Código de 1917, canon 209; Código de 1983, canon 144), manteniendo así el acto totalmente válido.
[5] Mons Lefebvre, Declaración pública con motivo de la consagración episcopalFideliter , 29 y 30 de junio de 1988.